Roberto Arlt, entre el “sánguche” y el “emparedado”

Muchas veces se acusó a Roberto Arlt de “escribir mal”….  Era tiempo de inmigrantes y los círculos literarios argentinos tenían la ilusión de que la Literatura fuera un lugar de cuidado y conservación del “lenguaje argentino” frente a la mezcla que se iba produciendo.  Pero para Arlt, la lengua nacional  era el lugar de encuentro de las distintas lenguas, por lo que no había una pureza que defender.  Así, con un estilo muy popular que le dio su sello propio, hizo entrar el lunfardo en las historias. Sus personajes, eternos perdedores, nos cuentan la historia de la Argentina con minúscula.

Compartimos hoy un fragmento de su texto “El idioma de los argentinos

“Tenemos un escritor aquí -no recuerdo el nombre- que escribe en purísimo castellano y para decir que un señor se comió un sandwich, operación sencilla, agradable y nutritiva, tuvo que emplear todas estas palabras: “y llevó a su boca un emparedado de ja­món”. No me haga reír, ¿quiere?” “Los pueblos bestias se perpetúan en su idioma, como que, no teniendo ideas nuevas que expresar, no necesitan palabras nuevas o giros extraños; pero, en cambio, los pueblos que, como el nuestro, están en una continua evolución, sacan palabras de todos los ángulos, palabras que indignan a los profesores, como lo indigna a un profesor de boxeo europeo el hecho inconcebible de que un muchacho que boxea mal le rompa el alma a un alumno suyo que, técnicamente, es un perfecto pugilista.” “Este fenómeno nos demuestra hasta la saciedad lo absurdo que es pretender enchalecar en una gramática canónica, las ideas siempre cam­biantes y nuevas de los pueblos. Cuando un malandrín que le va a dar una puñalada en el pecho a un consocio, le dice: “te voy a dar un punta­zo en la persiana”, es mucho más elocuente que si dijera: “voy a ubicar mi daga en su esternón”. “Si le hiciéramos caso a la gramática, tendrían que haberla respetado nuestros tatarabuelos, y en progresión retrogresi­va, llegaríamos a la conclusión que, de haber respetado al idioma aque­llos antepasados, nosotros, hombres de la radio y la ametralladora, ha­blaríamos todavía el idioma de las cavernas.” El 26 de Julio 1942 murió en Buenos Aires a los 42 años de edad.  Además de sus novelas (quizás conozcas “Los siete locos” “El jorobadito”  “Los Lanzallamas”) Sus cuentos policiales y sus ocurrentes aguafuertes te están esperando en la Biblioteca